PRECIOS, ESPECULACIÓN Y GUERRA
ECONÓMICA. DIEZ CLAVES
Por: Luis Salas | Sábado,
14/09/2013 09:55 AM | Versión para imprimir
1. La inflación no es una
distorsión de los mercados. Es una operación de transferencia de los ingresos y
de la riqueza social desde un(os) sector(res) de la población hacia otro(s) por
la vía del aumento de los precios. En lo fundamental, esta transferencia se
produce desde los asalariados hacia los empresarios, pero también desde un
fracción del empresariado hacia otra fracción de los mismos. O dicho de manera
más clara: en la inflación se expresa la lucha de fracciones o sectores
empresariales (en especial los más concentrados) por incrementar sus ganancias
a costa del salario de los trabajadores (es decir, de la mayoría de la
población) pero también con cargo a las ganancias de otros sectores
empresariales en especial los pequeños, medianos y menos concentrados.
Adicionalmente, tal y como ocurre actualmente en Argentina o como ocurrió
durante el gobierno de Salvador Allende, la inflación se usa como herramienta
de lucha política. Para presionar a gobiernos, imponer intereses o simple y
llanamente conspirar desesperando a la población, desmoralizándola y atizando
el odio en la misma al confrontarla entre ella. Es por este motivo que en los
casos en que se le utiliza abiertamente como herramienta de lucha política el
correlato es la escasez: es la condición necesaria para imponer la lógica de la
sobrevivencia del más fuerte, que en este caso se expresa a través del que
tiene más plata al momento para comprar o el que llega más rápido y se lleva
toda la existencia en una especie de saqueo organizado. La inflación es el
correlato económico del fascismo político.
2. Una de las primeras
conclusiones que se pueden sacar de lo anterior es que no tiene mucho sentido
seguir hablando de “inflación y escasez” cuando de lo que estamos hablando es
de especulación, usura y acaparamiento. Pero la diferencia entre los términos
no es solo nominal: es de sentido. En el primer caso, pareciera como si tales
cosas ocurren de manera accidental y no deseada, más allá de la voluntad de los
comerciantes quienes según las teorías dominantes se reducen a ser “tomadores
de precios”, o en última instancia, reaccionan racionalmente ante las amenazas
de la irresponsable intervención estatal. Pero en el segundo caso queda en
evidencia el conflicto poder involucrado en la dinámica de la formación de
precios. No se trata de accidentes ni de desequilibrios si no de prácticas
deliberadas puestas en función de propósitos deliberados. Claro que cuando
estas prácticas se producen tienden a reproducirse más allá de sus responsables
inmediatos y se generalizan. De tal suerte, el pequeño o mediano comerciante
afectado por los precios impuestos por el proveedor oligopólico necesariamente
sube los suyos pues de los contrario correrá el riesgo de sufrir pérdidas. Pero
también pasa que pequeños comerciantes especulan incluso muy por encima de las
grandes empresas aprovechándose de sus vecinos y conocidos, tal y como somos
testigos tanto en zonas rurales como populares pero también en zonas
urbanizadas.. Esto último es uno de los efectos más perversos de las prácticas
especulativas y acaparadoras como estrategia de captación de ganancias
extraordinarias, y a su vez, una de las razones por las cuales es tan difícil
combatirlas
3. El problema del aumento de los
precios en nuestro país, así como los conexos de especulación y el
acaparamiento, no podrán solucionarse satisfactoriamente, en términos justos y
definitivos mientras no se cambie la manera unilateral e interesada de ver
dichos asuntos, esta es: la teoría económica transformada en sentido común y
expresada con distintos grados de intensidad tanto por ciertas izquierdas como
por derecha según la cual dicho aumento de precios consiste en un problema
inflacionario derivado particularmente de la intervención del Estado en el
libre juego de la oferta y la demanda en medio de mercados que, por su propia
naturaleza, tendería al equilibrio si se elimina dicha intervención. Dicho en
otras palabras, lo que sostengo para el caso de la economía es lo mismo que
todo médico (y también todo paciente) sabe que aplica para el caso de la
medicina: si se falla en el diagnóstico necesariamente se falla en el
tratamiento, de modo tal que se corre el riesgo no solo de no curar la
verdadera enfermedad sino de agravarla al tiempo que se causan males
secundarios debidos a la aplicación de un tratamiento incorrecto. En nuestro
caso, el mal diagnóstico comienza cuando se habla de “inflación” para referirse
al problema de los altos precios de los bienes y servicios. Y sigue cuando se
afirma que dicho problema es causado por la intervención del Estado –bien
controlando los precios, bien aumentando unilateralmente los salarios, bien
subsidiando los productos o bien emitiendo dinero para aumentar ficticiamente
la demanda (el clásico tema del Estado populista que “regala” el dinero a los pobres
a través de becas, etc.)- en medio de una realidad que sería armónica de no
mediar dicha intervención. El lugar del paciente más que “la economía
venezolana” en términos abstractos aquí lo ocupan los consumidores (que a su
vez son trabajadores asalariados en su gran mayoría, o pequeños productores y
comerciantes que se ven espoleados por los más grandes) que deben cobrar mayor
conciencia no sólo de que el conocimiento de los males que lo afectan es
condición esencial para iniciar la recuperación y eliminar los padecimientos,
sino que su papel debe ser más activo para que sea efectiva dicha recuperación.
4. El afirmar que la inflación se
debe a un desbalance entre producción y consumo, siendo que este último
sobrepasa la capacidad de la primera, es repetir una matriz tanto falsa como
peligrosa. Si este último fuese el caso entonces en Venezuela hubiese
hiperinflación desde los años cincuenta porque desde mediados de aquella década
tal desfase existe en mayor o menor grado. Pero además, aunque bien es cierto
que dicha brecha es propiciadora de la subida de los precios no explica por qué
suben, pues en última instancia lo que lo explica es que en situaciones como
esas los vendedores aprovechan para aumentar sus márgenes de ganancias a
costilla de los compradores. El que eso parezca normal es precisamente el mejor
indicador del problema, en el sentido de la manera cómo se naturaliza la
práctica capitalista. Lo que quiero decir es que en una situación de escasez
–real o ficticia, accidental o provocada- o donde la demanda de la población
está muy por encima de la capacidad de satisfacerla bien por la producción
interna o bien por las importaciones, no supone de suyo que los precios
aumenten. Los precios aumentan no por la escasez en sí misma si no por las relaciones
en medio de las cuales se producen que, en el caso de las economías
capitalistas están mediadas por el afán de lucro individual a través de la
explotación del otro -el egoísmo, tal y como lo llamó bien temprano Adam Smith
o la “maximización de los beneficios”, tal y como lo dirían más tarde
elegantemente los utilitaristas y neoclásicos. Ese egoísmo y el marco de
competencia sobre el cual se da es lo que lo propicia y explica.
5. La inflación no existe: en la
vida real, esto es, cuando una persona va a un local y se encuentra con que los
precios han aumentado no está en presencia de una “inflación”. En realidad, lo
que tiene al frente es justamente eso: un aumento de los precios, problema del
cual la inflación en cuanto teoría y sentido común dominante se presenta como
la única explicación posible cuando en verdad es tan solo una y no la mejor. Se
presenta como la única posible porque es la explicación del sector dominante de
la economía en razón de la cual se la impone al resto. En tal sentido, debemos
ver cómo se forma y cómo funciona esta idea, pero sobre todo qué cosa no nos
muestra, qué cuestiones claves no nos deja ver ni nos explica tras todo lo que
dice mostrarnos y explicarnos como obvio.
6. El control de precios en los
mercados es un falso problema porque en los mercados los precios siempre están
controlados: en realidad, cuando los economistas se refieren al control de los
precios como problema se están refiriendo al control de precios del Estado.
Para la mayoría de ellos, debe dejarse que el “libre juego” de la oferta y la
demanda se realice y autorregule los mercados. Sin embargo, en la única
economía donde esa autorregulación funciona es en la de los manuales con que
estudiaron dichos economistas. En un mercado suele suceder que los precios son
impuestos por los productores y los ofertantes. Y en el caso venezolano eso es
todavía más cierto dadas las condiciones oligopólicas y monopólicas de
producción y comercialización. En este sentido, la opción al que el Estado
controle los precios es que los precios sean controlados por los comerciantes y
los productores, los cuales dadas las asimetrías correspondientes tenderán
–como viene ocurriendo en la práctica más allá de la regulación- a imponerle al
consumidor condiciones que van en desmedro de sus intereses. Por lo demás,
argumentar que hay que eliminar un control de precios porque es malo, no cumple
con su cometido, hace que suban más los precios, que se cree un mercado negro,
el contrabando o la fuga de divisas, es tan absurdo como decir que hay que
eliminar el código penal o las cárceles porque las autoridades no pueden meter
a todos los delincuentes presos o existe impunidad. Nadie en su sano juicio
pensaría eso. Si el control de precios no funciona o tiene fallas hay que
mejorarlo pero no quitarlo pues quitarlo no soluciona el problema. Si el Estado
no controla los precios los precios seguirán siendo controlados y nunca
existirán mercados perfectamente equilibrados por la “mano invisible” del
mercado. Eso ya lo sabía el mismísimo Adam Smith. Los precios serán impuestos
por los productores y comercializadores tácita o concertadamente en perjuicio
de los consumidores. La metáfora de la mano invisible inventada por Adam Smith
y abusada por los economistas vulgares sólo sirve para invisibilizar las manos
de quienes en verdad controlan y regulan la producción y comercialización de
bienes y por tanto los precios.
7. En nuestro país el problema de
los precios no comenzó hace 14 años. Y en honor a la verdad tampoco empezó con
los adecos o el puntofijismo, sino que forma parte de una característica
intrínseca al tipo de capitalismo desarrollado a partir de la llegada del
petróleo. Lo que se quiere decir en términos generales es que la economía
capitalista venezolana se ha caracterizado a lo largo de su historia por tener
precios altos, lo cual se ha traducido en las tasas históricamente altas de
acumulación y distribución desigual del ingreso observadas en nuestro país
8. El problema de los precios,
dado lo anterior, deriva de un problema: el de la creación, distribución y
acumulación de la riqueza una vez creada. Los precios altos no son un indicador
de mercados distorsionados, es la expresión de la lucha de clases dentro de la
sociedad capitalista venezolana.
9. El control de precios por sí
solo no elimina el problema. Es necesario pero no suficiente y de hecho puede
agravarlo sino se toman medidas complementarias al nivel de la producción
(aumentar la oferta de bienes y servicios producidos y ofertados), pero también
cambiar las relaciones de producción para evitar que la acumulación y la
ganancia sigan determinando a las relaciones entre las personas. Sustituir la
acumulación individual y la explotación como principio organizador de lo
económico y social por un modelo productivo basado en la lógica de lo común, lo
cual por cierto también incluye la creación de un novedoso y sistema bancario,
financiero y de intermediación distinto al privado pero también la público, que
debería erigirse a partir de la experiencia de la banca comunal con un doble
propósito: por una parte, financiar y reproducir el “socialismo productivo”;
pero por la otra reducir y al largo plazo evitar que la renta petrolera, el
presupuesto público en general y los propios recursos “hechos en socialismo”
sigan drenando al capital financiero y comercial aumentando las condiciones de
desigualdad, atrofia y concentración que caracterizan a nuestra economía y por
tanto a nuestra sociedad.
10. La guerra económica no es
contra el gobierno, es contra la población toda. Conspirar a través de lo
económico contra el gobierno es un pre-requisito necesario para la burguesía
nacional y transnacional en vista de profundizar su guerra estructural y mucho
más prolongada contra la población trabajadora. Es decir, la guerra contra el
gobierno es una guerra derivada de la guerra originaria, la que involucra a los
capitalistas contra los asalariados, en la medida en que la política económica
del chavismo se ha basado en una distribución más equitativa del ingreso al
tiempo que ha excluido a la burguesía del control del Estado, aspecto este
clave para su práctica histórica de acumulación de capitales en cuanto el
capitalismo en Venezuela se desarrolló históricamente como un capitalismo de y
desde el Estado. En tal virtud, no es solo el gobierno el responsable de
enfrentarla y ganarla sino la población toda, incluso aquella que no comulga
con el actual gobierno pero que igual se ve afectada. Ganar esta guerra
significaría avanzar un poco más en vista a crear una economía más
democratizada y menos sujeta al malandreo de los pranes (viejos y nuevos) que
durante décadas han usufructuado la riqueza nacional y mundial.
salasrluis@gmail.co
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